Leo, oigo y escribo.

viernes, julio 14, 2006

De Noche Profunda I.

No era la primera vez que deambulaba solo por la noche, ni la primera que decidía caer en un antro similar. Y mucho menos, la primera vez que me sentía tan solo como para buscar compañía mercenaria. En ese lugar donde uno suele encontrarse a los ya no tan inocentes amigos de la primaria, al conocido que finge demencia y no te saluda, o incluso al padre de uno que otro amigo que por poco y se encuentran en el mismo lugar a esas horas de la noche… En ese lugar uno no puede evitar sentir gusto por ser decadente de vez en cuando, de disfrutar los momentos turbios de la vida, la deliciosa soledad y la autocompasión.

Nunca la falta de dinero me impide gozar del espectáculo que se presenta a tres turnos por noche, a las 11:00, a las 12:30 y a las 2:00, con un eterno relax de media hora entre cada uno para fichar un rato y bailar alguna pieza tropical por diez pesos. Mientras dure la interminable chela de la noche uno tiene acceso un número determinado de bellezas, unas más que otras; y algunas, según el gusto, nos levantan un pequeño bulto que ocultamos con la mesa o con la mano que sostiene el cigarro.

Ese día todo empezaba de la misma manera a la que estaba acostumbrado: sin contar con un amigo, y antes de regresar a casa, decidía a pasar un rato a tomarme una chela. Nunca antes me había sentido tan tranquilo al llegar a ese lugar, del que ahora ya me sentía parte; ni siquiera al pasar el trance de la revisión de la entrada me sentí incómodo. En el interior comenzaba la primera función y una dama (y le llamo así porque después de cierta experiencia en estos lugares uno aprende a respetar a esas mujeres, a menos que quiera vérselas con el de seguridad) bailaba desganadamente mientras el personal empezaba a empinar las primeras rondas de la noche. Siempre es así al principio.

Tomé asiento en una mesa un poco retirada de la pista pero que permitía apreciar casi la totalidad de ella y el tubo central donde se ejecutaban las coreografías prohibidas de los temas de moda en radio y las discos, donde las niñas bien los bailan sin saber porqué uno insiste en recordar un tubo cuando oye esa música. Al poco rato ya tenía una cerveza en mi mesa y el mesero me entregaba el cambio de uno de los pocos billetes que cargaba esa noche, y todo sin que terminara aún la primera bailarina.

Curiosamente me sentía diferente esa noche, un poco más solo de lo normal, un poco feliz de estar así sin comprender porqué mis amigos insisten en negar que les gustan los placeres de esta vida nocturna, disfrutando el darme cuenta que en realidad puedo ser diferente a como mucha gente piensa que soy.

Mientras pensaba y disfrutaba de esa soledad un pequeño golpe en mi hombro me hace voltear a buscar quién me llama, volteo buscando algún conocido y nada… una que otra mujer y varios hombres detrás de mí sin poner atención a lo que sucede fuera de la pista o más allá del alcance de sus manos. Un segundo proyectil, y esta vez sí estuve seguro de sentirlo, mas no hay responsable y sí me comienzo a molestar. Al tercero decidí voltear y no dejar de hacerlo hasta dar con el gracioso que se divierte conmigo que termina por ganarle la risa y es precisamente la de una de las chavas que se encuentran platicando solas en una mesa detrás de mí. Con un gesto que hasta a mí me sorprende la saludo como si no fuera la primera vez que esto me pasa y ella me dice: “¿porqué tan solo?, vénte a platicar con nosotras.”; de nuevo me sorprendo a mí mismo, me levanto con toda tranquilidad y me voy a sentar justo en medio de ellas.

Ella no deja de reirse y me pregunta porqué me encuentro solo en un lugar como ese: -“pues ya ves…” –“¿te gusta venir aquí?” –“si” –“¿solo?, nunca te había visto antes” –“yo tampoco a tí, ¿cómo te llamas?” –“Erika, y ella es Claudia” –“Mucho gusto Erika, aunque ese no sea tu nombre” –“No, en serio, así me llamo. ¿Y tú cuántos años tienes? ¿quince?” –“¿Cómo crees?, ¿a poco me veo tan chico?. No, tengo veintiuno.” –“Sí, como no…” –“No, en serio…” –“¿Y cómo te llamas?” –“Me llamo Leonardo.”.

Bueno, por lo menos había encontrado una mujer con quien conversar mientras su compañera se mantenía distante y nos miraba con una pequeña sonrisa hasta que se levantó y fue a prepararse para hacer su número. Mientras, nosotros continuábamos con nuestra interesante conversación y discutíamos sobre quién mentía y quién decía la verdad. Cosa que a ninguno nos importaba realmente mientras continuara la conversación. La noche de ese jueves transcurría lenta y afortunadamente ella regresaba a mi lado cada vez que terminaba de bailar. La poca afluencia de clientes le permitía darse el lujo de dedicarme toda la noche y seguir molestándome con mi edad, cosa que mientras la mantuviera cerca de mi, no me molestaba en lo absoluto.

-“¿Tienes mucho trabajando aquí? –“Si, como dos meses” –“No es cierto, hace un mes vine y ninguna de las chavas de hoy estaba trabajando entonces” –“No, en serio… ¿y tú a qué te dedicas?” –“Estoy en la universidad” –“¿Qué estudias? ¿médico? ¿abogado?” –“No, estudio diseño gráfico” –“¿Y eso qué es?”. No lo podía creer, hacía tiempo que no tenía la oportunidad de conocer a alguien totalmente ajeno a mi carrera, ella no tenía manera de etiquetarme como suele suceder, no sabía cómo tratarme y yo no tenía qué preocuparme pos concordar con una imagen preconcebida de mi profesión. Dejando de lado toda posibilidad de entablar una de las ya acostumbradas pláticas intelectualoides sobre los problemas profesionales más controvertidos del momento, nuestra conversación se tornó más tonta y mucho más relajada; al grado que ya ni los meseros me molestaban para ver si quería tomar algo más y ella no me pidió jamás que le invitara de otra que no fuera mi chela.

En un momento dado, nos paramos a bailar. Al contrario de cómo generalmente sucede, ese día no me sentía para nada agraciado al hacerlo, de hecho me sentía observado y así era. Ya empezaba a notarse demasiado la preferencia de ella hacia mí y seguramente había más de alguno entre los pocos asistentes que esperaba su turno para invitarla a su mesa a fichar un rato. Bailamos una pieza tropical, durante la cual ella no paró de burlarse de mí ya que no atinaba a coordinar ningún paso. Luego vinieron las “calmaditas”, ya un poco más relajado y provocando más de una mirada indiscreta de las mesas cercanas a nosotros que ya empezaban a darse cuenta que mientras ellos pagaban a $10.00 la canción yo ya llevaba 5 y sin preocuparme por dinero ni tener qué invitarle de tomar nada a ella. No cabe duda, estuve de moda esa noche.

En un momento dado la vi platicando con dos chavitos, al parecer demasiado chicos para estar en ese lugar. Bueno, el caso es que me los presentó y nos quedamos platicando mientras ella iba a decirle al de la cabina que quería bailar dos rolas del disco que estos chavos le habían llevado. –“¿Qué disco es?” –“Uno del haragán”. Órale, ya empezaba a imaginar que rola le iban a poner… y no me equivoqué, después de la primera: “Se le hizo fácil”, siguió la calmadita, en la que todas las chavas se desprendían de su ropa; y fué precísamente la de “Mujer de la calle”.

Entre la nostalgia al recordar a un cuate ya muerto y la excitación al ver bailar a la chava, no me quedó más que aceptar que éramos precisamente lo que decía la canción: “… mujer de la calle que se vende por un devaluado tostón; inexperto en amores que devora cualquier mujer…”

-“Oye, ya me tengo que ir” –“¿ya tan pronto” –“Si, pero ¿te puedo venir a ver mañana?” –“Quién sabe, mañana viene mi chavo, es viernes y hay más clientes” –“No importa, mañana quedaron de venir unos amigos conmigo” –“Ah, pues si quieren les presento a otras de las chavas de aquí para que platiquen con ustedes” –“Zas, entonces mañana nos vemos aquí”.

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